Eizmendi Velutini, González Blanco.

Juan Crisóstomo González Blanco nace en el Barquisimeto de los años 50. Es hijo de un hombre de negocios en ascenso, bien conocido tanto en su pueblo de origen, Carache, como en Barquisimeto por el apodo de González Bravo[1]. Se cría en Santa Elena, urbanización comparable con Prados del Este, con sus hermanos y las criadas. Estudia con los jesuitas bachillerato y cuando cumple 18 es mandado a la Gran Caracas a estudiar; decide irse por Ingeniería Mecánica, graduándose posteriormente junto a la segunda promoción de la Universidad Metropolitana (UNIMET). Se casa con una estudiante de Economía de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB) y se mudan a Boston –para cursas estudios de postgrado en el caso de Juan, terminar la carrera en el caso de su esposa, ambos en Boston University–. Unos meses después, se mudan a la casa vacacional de los González en Miami, pero deciden regresar a Venezuela para que Juan tomé lugar en la empresa de licores del señor González Bravo. Junto a su padre, forma parte de la directiva de la Cámara de Comercio de Lara –vale acotar también, que Gonzáles Bravo fue financiador del círculo militar larense, así como socio del Country Club, Club Italo y el Club de Golf.

Alejandro Federico Eizmendi Velutini[2] nace en la Caracas de los años 60. Es hijo de los Eizmendi, familia involucrada en la industria y la política venezolana, y de los Velutini, quienes poseen ascendencia corsa por parte de los inmigrantes de Rio Caribe. Hijo del dueño de una fábrica en Maracay, se cría en Valle Arriba junto a sus hermanos y criadas. En vacaciones van a la casa de Miami de los Eizmendi e invitan a los amigos de la familia. Cuando cumple la mayoría de edad, decide cursar estudios de Ingeniería Mecánica en la UNIMET para luego trabajar en la fábrica de su padre. Se casa luego con una Economista de la UCAB y hace un postgrado en Harvard Business School. En su tiempo libre juega polo en el Club de Campo y los fines de semana baja al Club Camurí Grande.

Si se le preguntara al imaginario colectivo venezolano su opinión sobre la personalidad individual, probablemente respondería ‘cada persona es un mundo’. Comúnmente se cree que la personalidad es mayoritariamente independiente del ambiente. Pienso lo contrario; aunque existan diferencias de personalidad que bien pueden ser producto del temperamento –algo biológico–, hay más similitudes que diferencias. Por ejemplo, si vamos a un zoológico, nos será muy difícil diferenciar a un animal de otro dentro de una misma especie, pues nos parecerá que sus diferencias son mínimas. Pasa lo mismo con el ser humano: nuestras diferencias son mínimas, pero las notamos porque estamos acostumbrados a ver lo normal y solo notamos lo anormal. Tomemos, por ejemplo, a un occidental que viaja a Asia: probablemente le cueste diferenciar a dos individuos, mas con el tiempo aprenderá a normalizar lo general y notar lo particular. De tal manera, pensamos que somos muy distintos cuando generalmente somos muy similares, afincándose estas similitudes dentro de las subdivisiones de clases sociales y culturas de los grupos a los que pertenece el individuo.

Podemos ver entonces por qué hay tantas similitudes entre las vidas de Alejandro Eizmendi y la de Juan González. Vale seguir el concepto de hecho social de Emile Durkheim: ‘todo modo de actuar, sentir o pensar, planificada o no, que puede ejercer coerción en el individuo y es independiente de sus manifestaciones individuales.’ Ambos individuos hicieron acciones sociales que, como enuncia Marx Weber, tienen un sentido subjetivo para cada uno de ellos; pero el abanico de acciones sociales está condicionado por el hecho social, y más específicamente en el caso de la cultura de elite venezolana de la segunda mitad del siglo XX. Este esquema generativo a partir del cual los individuos perciben al mundo y actúan sobre él (Bourdieu usaría el término habitus) no fue una elección aleatoria, sino consecuencia de un factor externo.

Existe un manual, no escrito, sobre lo que se debe y no se debe hacer en cada grupo. Heidegger utiliza el termino Das Man (traducido como: el hombre; Man es un pronombre impersonal; parecido al ‘se’ hispano). De esta forma, cuando se pregunta por una elección, se responde: ‘eso es lo que se hace’. El hombre de élite se debe educar en las universidades de Caracas o del noreste de Estados Unidos; el hombre de élite debe tener una propiedad en Miami, aun si las leyes de propiedad en el estado de la Florida no son convenientes para ello;[3] el hombre de élite debe ser dueño de empresa. Así, el hecho social ejerce una coacción, indica lo que debe hacer el individuo de un grupo. Cabe acotar, así, que la coerción no es ilimitada; el individuo tiene la capacidad de no acatar la norma. Mediante la ‘mala fe’ que Jean-Paul Sartre ilustra, podemos entender esto mejor: nos hacemos creer que algo es necesario cuando en realidad es voluntario. No se tiene que comprar una propiedad en Miami, no se tiene que ser socio del club, mas no acatar las normas trae como consecuencia control social.

La acción social de la élite venezolana parece haberse orientado a la acción social racional con arreglo a fines, y la irracional con arreglo a tradición. El sentido subjetivo de la acción social va a producir más y a formar abolengo. Cuando el hijo de esta clase conoce a un nuevo amigo, la familia le pregunta: ‘¿qué hace el papá de tu amigo?, ¿qué apellido tiene?, ¿esos son los Zubillaga de Caracas o de Carora?‘ Preguntas que buscan ubicar al nuevo amigo en función del status social. Las relaciones sociales son, según Karl Marx, ‘’la forma predominante de la propiedad, la producción y la política’’. De esta forma, la élite ve a sus compañeros como potenciales socios de negocios. Las relaciones son una posibilidad de consolidación y de ascenso social. Lo que los estadounidenses llamarían networking.

El hecho de que ambos individuos fueran hijos de industriales no es casualidad. Estas dos familias formaron parte del hecho social de la política de sustitución de importaciones. Durante tal periodo, la importación de materiales se daba exonerada de impuestos; los existentes para comprar terrenos con estos fines eran bajos. Ambas empresas crecieron exponencialmente producto de tales políticas públicas.

La acción social tradicional se evidencia en un momento coyuntural. Las políticas públicas en contra de la empresa privada del 2008, otro hecho social, pusieron en riesgo las dos empresas familiares. Los dueñis de ambas, a sabiendas que era racionalmente mejor cerrar la empresa e invertir el dinero en otros sectores, prefirieron seguir la tradición familiar para no acabar con el legado del apellido. El señor Juan Crisóstomo siguió con la empresa familiar a pesar de no obtener muchas ganancias netas producto de la situación país. El sr. Eizmendi decidió, después de muchos años, vender la empresa por tener rendimientos negativos. Para ambos fue más importante ser dueño de una industria que produce poco que ser empleados de una industria que les paga más. Porque, si bien el cultivo del capital es un valor de la élite, el capital no se manifiesta solo en dinero.

Pierre Bourdieu, científico social francés, divide el capital en tres vertientes: capital económico, capital social y capital cultural.         El ser socio de un club responde al capital social, se refiere a las redes de influencia a las que está conectado un individuo. El capital cultural es más abstracto, siendo manifestado en la alta cultura que poseen los individuos: el estudiar afuera, saber inglés, jugar tenis o polo. El económico, más evidente por su nombre, se refiere al control sobre los recursos económicos. Comúnmente se piensa que la élite se compone exclusivamente de los que tienen capital económico; esto no es cierto. Puede haber un individuo con mucho dinero, pero no poseer el capital cultural y social; así, su manera de expresarse hace que no sea de élite. En Barquisimeto, por ejemplo, no todos los ricos son socios del Country Club, pues para ser socio, más que tener dinero, se debe tener capital cultural y social. Para optar a una acción, no basta con pagar 30.000 mil dólares (cifra para el 2013), sino que también debe ser aprobada, por la mayoría de los accionistas, la inserción del nuevo individuo.

La historia de Juan Crisóstomo y Alejandro Federico, dos venezolanos que nunca se conocieron, es el claro ejemplo de un hecho social. Independientemente de las diferencias individuales –por la infinitud de variables que influyen en la conducta–, fueron sujetos a la coerción del hecho social del habitus de la élite venezolana.

[1] Dato curioso: el apodo nace debido a que en la etiqueta de las botellas de licor se leía ‘’destilado y vendido por su único dueño, Juan C. González Bravo.” La conjunción de apellidos caló entre la población por ser Juan González un nombre muy común.

[2] Tanto Juan Crisóstomo González Blanco como Alejandro Federico Eizmendi Velutini son nombres falsos, puestos en función de guardar la identidad de estas personas. No pretendo así hacer de este ensayo un exposé de tales familias venezolanas.

[3] En el estado de Florida los impuestos a la propiedad son bastante altos: pagar los impuestos de un town house en Miami puede costar alrededor de 15.000 dólares anuales.

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s