¿Dónde termina tu cuerpo y empieza el mío?

¿Dónde termina la sociedad y empiezo yo? ¿Hasta qué punto se es un individuo? ¿En qué medida nuestras decisiones son nuestras? Estas son algunas de las preguntas que el ser humano ha intentado repetidamente responder, usualmente con el sentido común, y en este breve ensayo, en función de algunas teorías de la Psicología Social.

La identidad, es el conjunto de creencias sobre sí mismo y las autopercepciones organizadas como esquema cognitivo, asimismo esta se manifiesta en el self y el self social –el segundo incluye la relaciones interpersonales y la identidad colectiva basada en factores externos al individuo (Baron & Byrnes, 2003). Nuestra identidad social se construye con las características que usamos para definirnos como el género, las relaciones interpersonales, vocaciones y aficiones, afiliaciones políticas, atributos específicos y afiliaciones religiosas (ibíd.). Grosso modo, la identidad personal se refiere a características emocionales y la identidad social a roles y categorías a las cuales pertenece el individuo en la cual, según Henri Tajfel (1919-1982) la identificación se construye en comparación con lo que uno no es.

Como señalaba el polaco Tajfel la identidad social se enfrenta, transforma y crea mediante el proceso de comparación social. Nos identificamos como pertenecientes a cierto grupo –nuestro endogrupo, por ejemplo, ‘socio del Country Club de Barquisimeto’  y nos comparamos con los que consideramos grupos distintos a los nuestros –exogrupos, en este ejemplo: ‘socios del club italovenezolano de Barquisimeto’. Esta comparación social se puede dar en dos maneras, ascendente o descendente. En la primera nos comparamos con aquellos que consideramos tienen más estatus que nosotros, el socio del Country Club de Barquisimeto se compara con el del CC de la Lagunita y se siente disminuido dado a que la acción del CC de la Lagunita es más cara que la suya. Las comparaciones sociales ascendentes tienden a disminuir la autoestima, i.e., nuestra valoración a nosotros mismos. Lo inverso pasa con la comparación descendente, si el socio del CC de Barquisimeto se compara con el del Ítalo, probablemente aumente su autoestima. Por ejemplo, el niño de pequeño empieza a identificarse en función con los otros grupos, se clasifica en función al colegio al cual asiste, la urbanización donde vive, quienes son sus familiares, etc. ‘Nos movemos en sociedad de acuerdo con sistemas cuidadosamente definidos de poder y de prestigio’, esto es a su vez la socialización (Berger, p. 99).

La identidad no es estática, pero sí sigue un principio de inercia debido a la formación de esquemas, los cuales sesgan nuestra cognición hacia diferentes estímulos que confirmen nuestra percepción del self. Entre los factores que sí incitan el cambio están los cambios de edad (véase: psicología del desarrollo), cambios de entorno –lo que los sociólogos llamarían resocialización–, y en las interacciones con los demás que, según la teoría del microinteraccionismo (Cooley, Mead et al.) producen cambios en los significados de los objetos independientemente de si la interacción es real o imaginaria (Cooley, 1902). Si bien esta última declaración sobre la interacción imaginaria puede sonar extraña, formúlese la siguiente pregunta: ¿Cuántas veces no nos hemos comparado con personajes ficticios de televisión? ¿Cuántas veces no nos hemos sentido identificado con los personajes de las sitcoms Estadounidenses como Friends? ¿Cuántas niños no quisieran ser tan valientes como Harry Potter y moldean su conducta a partir de la imitación de sus pautas?

Según Cooley, el ‘self y el otro no existen como hechos sociales exclusivos, y la fraseología que implica que lo hacen, como la antítesis egoísmo versus altruismo, están abiertas a ser objetadas por vaguedad, si no falsedad’ (Cooley, 1902) en su teoría, la sociedad está en la mente, debido a que desde su punto epistemológico, la realidad solo se percibe a través de la mente, por tanto, para el self no existe nada si la mente no lo procesa –si no imaginamos la sociedad, la sociedad no existe, ergo, para Cooley, la sociedad está en la mente.

¿Es estable este self? Según George Mead (1934), no. En su artículo del ‘Pensamiento como una Conversación Internalizada’ argumenta que somos varios selves[1] . Debido a que podemos tratar al self tanto como un sujeto y objeto, i.e., la conciencia puede ser objeto de sí misma. Esta habilidad nos diferencia de otros animales. Debido a esto, podemos analizar nuestras propias conductas, de otra manera solo tendríamos consciencia, no auto-consciencia (self-consciousness). La comunicación humana, conjunto de símbolos, nos ayuda a complejizar este hecho, producto de ella, podemos conversar con nosotros mismos. Conversamos con nosotros mismos a través de nuestros diferentes selves que están influenciados por los roles que tenemos que cumplir dentro de una sociedad. Por ejemplo, si mi mejor amigo me invita a Camurí este fin de semana mi self como estudiante tendrá una conversación con mi self como amigo, conversación que dará como producto una conducta (ir o no ir). Mead lo lleva a un punto más extremo, pensar es una conversación con uno mismo, porque se está siendo objeto de uno mismo.

Herber Blumer (1969), quien da nombre al interaccionismo simbólico, y miembro de la tradición microinteraccionista de la psicología social parte de tres premisas. (1) El ser humano actúa sobre los objetos en función de los significados que estos tienen para él; sistemas de significados que en su mayoría son inculcados por su cultura mediante la socialización, cultura en la cual está insertado el carácter nacional del país. (2) El significado de los objetos es derivado de la interacción social con los otros humanos. (3) Estos significados  se modifican cuando pasan por un proceso interpretativo del sujeto, en el cual está incluido nuestra transferencia de emociones, cognición, percepción y asociación de ideas. Este proceso se da en dos etapas. Primero el actor se indica hacia qué está actuando, segundo, empieza a manejar los significados existentes. La interacción social es un proceso, que bajo estas tres premisas, no solo es un medio de la conducta humana, sino que la forma. En conclusión, para el interaccionalismo simbólico actuamos en función a unos roles que nos provee el establisment (el público de la obra de teatro) los cuales casi siempre aceptamos porque los beneficios de salirnos de la obra son muy pocos. Estos roles dados por la sociedad son interpretados por nosotros dándole una subjetividad al rol. Erving Goffman (1992-1982), padre de la microsociología, también apoyaba esta teoría del rol.

¿Cómo viene dada la influencia social?

Comúnmente reprochamos moralmente las acciones de funcionarios públicos corruptos, impunes e ineficientes; decimos, yo no podría hacer eso, como diría mi abuela ‘que sinvergüenzura’. ¿Es esto cierto? ¿Nos comportaríamos diferente ante órdenes de nuestros superiores en un órgano público? Hace 55 años, Stanley Milgram de la Universidad de Yale, quiso saber hasta dónde llegan los límites de nuestra obediencia, buscó a 40 voluntarios masculinos para hacer unos experimentos de ‘aprendizaje’ (motivo falso que se les dio a los participantes), en el experimento los participantes cumplían el rol de profesor que administraba dosis de electricidad a su alumno (un actor en cubierto) cada vez que tuviera una respuesta errada. Los niveles de shocks eléctricos iban de 30 a 450 voltios (la máquina también era falsa). Si el profesor dudaba en administrar el shock el asesor le decía ‘por favor continúe’, ‘el experimento requiere que continúe’, ‘es esencial este paso para el experimento’ y ‘no tiene otra opción’. Milgram encontró que cerca de 2/3 de los participantes accedieron a llegar a los 450 voltios, aun escuchando los gritos (falsos) de su estudiante.

¿Cómo fue esto posible? Milgram encontró que el nivel de obediencia era alto cuando la persona dando órdenes estaba cerca y se percibía como una figura de autoridad, especialmente si era proveniente de una institución prestigiosa. También cabe acotar que la víctima fue puesta en otra cabina –fue despersonalizada, técnica que usan los regímenes autoritarios para justificar sus actos de agresión contra otro grupo (e.g., gusanos, cerdos, escuálidos).  Los ‘profesores’ de Milgram se conformaron, ajustaron su comportamiento para seguir la norma del grupo. (Milgram, 1961).

De igual manera, Solomon Asch (1952) encuentra resultados similares en cuanto a la conformidad. En su paper plantea la pregunta: ¿cuál es el efecto de las opiniones de los demás en la tuya? Para averiguarlo experimenta con un grupo de sujetos en el cual se van situando en una habitación con actores (los cuales el sujeto no sabe que lo son) y se les muestran tres líneas. Los participantes –tanto falsos como verdaderos- deben declarar cual línea es más alta. En ocasiones los participantes falsos dieron respuestas erradas unificadas; ahí empieza lo interesante. Asch encontró que cerca de un tercio de los participantes decidieron conformarse aun cuando el grupo estaba equivocado. A partir de esto, Asch encontró tres rasgos que influían en la permeabilidad de la persona ante la presión social del grupo: la admiración hacia el grupo que ejerce presión, si el grupo supera a las tres personas y si otros están mirando.

No se debe dejar de mencionar dos tecinas más sutiles de influencia: el fenómeno del pie en la puerta y el fenómeno de la puerta en la cara. El primero es la tendencia de las personas a cumplir con un favor grande propuesto por una persona después de haber aceptado hacer un favor más pequeño. De igual manera, las acciones morales fortalecen las generalizadas conductas morales, viceversa con las acciones inmorales. La segunda es la  tendencia de las personas a aceptar hacer un pequeño favor después de que se les haya pedido un favor grande que han declinado, la persona actúa por la culpa de no haber cumplido con el primer favor.

¿Es la influencia social necesariamente mala? A la luz de los últimos dos experimentos reseñados no se culparía al lector de pensar eso. Sin embargo, hay casos en los cuales la influencia social nos puede ser útil. Por ejemplo, la facilitación social; esta ocurre cuando vemos a alguien haciendo algo parecido a nosotros y nos motivamos a seguir haciéndolo. Por ejemplo, si vamos a trotar, trotamos más rápido y por más tiempo si lo hacemos con un compañero, lo mismo  pasa en el gimnasio. De igual manera la influencia puede usarse para movimientos de masa en pro a los derechos de los ciudadanos, por ejemplo, el Movimiento de los Derechos Civiles en Estados Unidos.

Bibliografía: 

Asch, Solomon. Opinions and Social Pressure (1955). Scientific American Journal. W.H. Freeman and company, San Francisco, California. Consultado en http://www.lucs.lu.se/wp-content/uploads/2015/02/Asch-1955-Opinions-and-Social-Pressure.pdf el 9 de abril de 2016.

Baron, R.A., & Byrne, D. (2003). Psicología Social (10ma edición). Boston, Allyn & Bacon. Capítulo V y IX.

Berger, Peter. Introducción a la Sociología (2010). Editorial Limusa. México D.F.

Blumer, Herbert. Sybolic Interactionism: Perspective and Method (1969), pp. 2-21. Pretince-Hall, Nueva Jersey, Estados Unidos.

Cooley, Charles Horton. Human Nature and the Social Order (1902) New York: Scribners’  pp. 88-92, 95-97, 118-128, 143.

Green, William Henry. Social Influence: Crash Course Psychology #38 (2014) visto en https://www.youtube.com/watch?v=UGxGDdQnC1Y&list=PL8dPuuaLjXtOPRKzVLY0jJY-uHOH9KVU6&index=38&nohtml5=False el 10 de abril de 2015.

Green, William Henry. Social Thinking: Crash Course Psychology #37 (2014) visto en: https://www.youtube.com/watch?v=h6HLDV0T5Q8&list=PL8dPuuaLjXtOPRKzVLY0jJY-uHOH9KVU6&index=37 el 10 de abril de 2015.

Mead, George Herbert. Mind, Self, and Society (1934).  Editado por Charles W. Morris. University of Chicago Press.

Milgram, Stanley. Behavioral Study of Obedience (1961) Yale University. Consultado online en http://www.columbia.edu/cu/psychology/terrace/w1001/readings/milgram.pdf  el 9 de abril de 2016.

 

 

 

[1] Siguiendo la recomendación de Baron y Byrnes (2003) en Psicología Social uso la palabra self en inglés y su plural selves en la misma lengua, excluyendo la traducción literal, pero imprecisa, ‘yo’.

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